La adaptación a los movimientos del pie es la finalidad principal del calzado a estas edades y, al mismo tiempo, uno de los aspectos que más controversia ha levantado. Desde esta óptica hay que plantear la obligada pregunta de cuándo calzar al niño.
A esta cuestión se ha dado muchas respuestas y, como norma general, se acepta que hasta los primeros pasos espontáneos, la condición más natural es la de ir descalzo, aunque se pueden utilizar patucos que se limiten a abrigar y proteger los pies. Durante los primeros once meses, los zapatos, e incluso los calcetines, no son absolutamente indispensables, salvo para resguardar al niño del frío, la humedad o de posibles lesiones, pero dejando siempre al pie una libertad de movimientos similar a la que tendría si estuviera descalzo.
Para los más pequeños, existe el llamado “calzado en guante”, que carece de suela y contrafuertes, que tiene un corte y una plantilla de piel muy suave que se ajustan al pie sin apretarlo, y que, al ser muy flexible, permite todos los movimientos.
Cuando el niño empieza a sostenerse sobre sus plemecitas, los primeros pasos que ensaya son irregulares e inseguros. Tiene problemas para mantener el equilibrio y acabará en el suelo en más de una ocasión; sin embargo, no es aconsejable forzar ni ayudar al niño para que su desarrollo muscular transcurra sin Interferencias. Es conveniente que ande mucho tiempo descalzo en terrenos de distinto tipo, arena, grava, hierba o tierra, pues esto estimulará sus reflejos e Induce a un vivo juego de la musculatura del pie, además de proporcionar óptimos efectos tonificantes.
Por el contrario, caminar en un suelo plano y liso, como el del hogar, no proporciona suficiente estímulo y puede llegar a ser causa de flaccidez en pies que sufren alguna deficiencia. Ya en las siguientes etapas de esta evolución, cuando el pequeño corre, salta y no para, sí que se hace necesario proteger el pie de lesiones mediante un calzado adecuado que le ayude a caminar erguido, apoyándose en ambos pies, sin deformarlos.
En el momento en el que sus movimientos se hacen independientes, hay que vigilar de cerca al niño para evitar lesiones. La propia casa, sin ir más lejos, es un entorno lleno de obstáculos con los que puede tropezar, loque obliga a protegerle los pies; en el exterior, por el contrario, lo que se pretende del calzado es que resguarde del frío y favorezca la mecánica del pie.
Ya en edad escolar, la actividad física aumenta considerablemente hasta alcanzar niveles similares a los del adulto, aunque la estructura corporal no haya llegado todavía a adquirir la misma madurez. Se intensifica la actividad deportiva con un carácter más competitivo, aunque muchos especialistas en Medicina deportiva desaconsejan, por ejemplo, la práctica de la carrera larga, al no estar aún consolidada la estructura del pie.
En cualquier caso, es necesario velar por que el equipamiento sea el adecuado y empieza a tener sentido el uso de calzado de deporte, incluso con características similares al usado por el adulto. En general, este tipo de zapatos cumple satisfactoriamente los requisitos exigidos a cualquier otro de uso diario.