
Uno de los efectos del ajo más ampliamente estudiados es el de su acción antiagregante plaquetaría y fibrinolítica. Con este fin se emplea el ajo para prevenir la aterosclerosis y la trombosis, es decir, la formación de un trombo o coágulo sanguíneo en el interior de un vaso que produce su obstrucción.
Este trastorno, dependiendo de su grado y localización, es responsable de diversas alteraciones circulatorias y procesos tan graves como el temido infarto cerebral o coronario.
Pues bien, el ajo actúa directamente sobre dos elementos que intervienen en la formación de trombos: la fibrina, una proteína sanguínea, y el tromboxano, que está presente en casi todos los tejidos del organismo y que, además de encargarse de promover la agregación o unión de las plaquetas, responsables de la coagulación de la sangre, tiene efectos vasoconstrictores.
Los sulfuras de alilo contenidos en el ajo impiden la formación de tromboxano y disuelven los trombos de fibrina. Por otro lado, gracias a su capacidad para atravesar la barrera encefálica, su acción alcanza también a las arterias cerebrales.
El ajo es, igualmente, un poderoso antihipertensivo que disminuye tanto la tensión arterial sistólica como la diastólica. A este respecto, no hay que olvidar que las cifras de tensión arterial elevadas constituyen uno de los más importantes factores de riesgo de padecer un infarto de miocardio. Otro factor en discordia es el tristemente célebre colesterol.
Se ha comprobado que este sabroso bulbo hace que se eleven los niveles de colesterol HDL, el colesterol “bueno”, y reduce en un 10-15% los de LDL, el “malo”, además de normalizar las cantidades de lípidos y triglicéridos presentes en la sangre.