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Los masajes no son sólo aquellas técnicas que sugiere la medicina tradicional. Desde hace mucho tiempo, a las prácticas más convencionales como la kinesiología, se les han agregado metodologías provenientes de diversos puntos de Asia, como China, Japón, Tailandia o la India. En estas regiones del planeta, los masajes equiparan a las medicinas energéticas, a la acupuntura y al yoga, pues todas forman parte de milenarias técnicas transmitidas a través de generaciones, que incluso pertenecen a las características culturales de los pobladores regionales. Si una madre en la India, por ejemplo, no masajea a su hijo religiosamente todos los días, será considerada por sus pares como una mala progenitora.
Al contrario, en la civilización judeocristiana, en la que se considera al cuerpo como una fuente de pecados, hubo que esperar hasta el siglo XIX para que Suecia, el pueblo más higienista de Europa, redescubriera el masaje. La técnica sueca, que se basa en la kinesioterapia tradicional, masajes médicos y deportivos, atiende específicamente los males relativos a la reumatología y la traumatología, tratando molestias como las dorsalgias o dolores del espalda, tortícolis, lumbagos, articulaciones doloridas, así como las expuestas a entorsis, fracturas y las sujetas a la reeducación articular y muscular debido a lesiones o traumatismos.
A partir de la aparición del masaje sueco, entonces, la medicina tradicional amplió su espectro de acción, investigando otros modos de aliviar tensiones. Fue así como nacieron técnicas como el Drenaje Linfático, la Linfoenergía o la Reflexología Plantar, que combinan nociones de la medicina occidental con técnicas provenientes de otras latitudes, entre la que se destaca la de los centros de acupuntura.






