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Meditación para sanar el espíritu


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Encuentre un lugar privado y cómodo, puede recostarse o sentarse, manteniendo su espalda derecha en ambos casos. Cierre los ojos. Respire profundamente y al exhalar, relaje su cuerpo. Respire profundamente una vez más y al exhalar imagínese relajando su cuerpo lo más completamente posible. Su cuerpo entero está ahora totalmente relajado.

Inhale de nuevo profundamente, y al exhalar relaje su mente. Deje a sus pensamientos alejarse, flotando en el aire; deje que su mente esté quieta y serena. Respire de nuevo profundamente y al exhalar dirija su atención hacia un lugar profundo y silencioso en su interior. Entonces, imagine que camina por una bellísima vereda hacia su santuario interior. Percibe la belleza y la comodidad de la naturaleza en todo su alrededor. Usted advierte la presencia de un niño pequeño. Lentamente camine hacia el niño y observe si es niño o niña, qué edad tiene y qué está haciendo.

Permítase notar cómo se siente el niño emocionalmente. Acérquese a él y pregúntele si hay algo que quiere decirle o si quiere comunicarse con usted. Podría ser en palabras o de cualquier otra forma. Permítase recibir lo que sea que el niño quiera comunicarle. Ahora, pregunte al niño qué es lo que más necesita de usted, ahora o en su vida en general. Pase algún tiempo con su niño, ya sea jugando o simplemente sentados juntos o abrazados uno al otro. El tiene un obsequio especial para darle a usted.

Permítase recibir ahora el regalo que el niño tiene para usted. Continúe en compañía de su niño. Hágale sentir que usted quiere estar en contacto con él lo más posible, de ahora en adelante.

Terminen su tiempo juntos y despídanse de la manera que les parezca más apropiada a ambos. Vaya saliendo del santuario lentamente, sintiéndose vivo, pleno de energía, equilibrado y centrado. Empiece a conectarse con su cuerpo y cuando esté listo, abra los ojos.

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Consejos para cuidar de nuestro niño interior


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Para impedir que nuestro niño interior herido perjudique nuestra vida de adulto, es necesario ponernos en contacto con él para atender sus necesidades insatisfechas, para protegerlo y cuidarlo, convirtiéndonos en sus propios padres. Para ello tenemos que establecer un diálogo interno que puede ser facilitado, en un principio, mediante un ejercicio de meditación, que nos permitirá, en un estado de relajación profunda, tener un acceso fácil y fluido para conocerlo y ocuparnos, entonces, de restaurar sus heridas. De qué manera hacerlo, el mismo niño nos lo dirá. Tal vez, nos encontremos con un niño temeroso al que deberemos tranquilizar diciéndole que no lo expondremos a situaciones que lo dañen.

Como adultos, pensaremos de qué manera en nuestra vida cotidiana podremos resguardarlo del dolor. Si es un niño que teme ser estafado en sus afectos, ignorado, saqueado, le aseguraremos que lo vamos a cuidar, que sólo vamos a estar en contacto con gente que no lo dañe, que nos vamos a apartar de la gente agresiva, dañina; que se tranquilice, que los malos tratos ya pasaron.

Recordarle a las personas que en la actualidad nos aman, nos cuidan y nos respetan, y prometerle no exponerlo nuevamente al maltrato y defenderlo si esto se produce.

Si es un niño que sufre por soledad, le diremos que seremos más sociables, más comunicativos, compartiendo los buenos y malos momentos, y que no nos quedaremos solos en nuestra vida de adultos, con todas nuestras responsabilidades y preocupaciones.

Una vez que las personas han recuperado y cuidado al niño herido, la natural energía de este chico maravilloso comienza a surgir.

El niño interior ya está restaurado y se convierte en una fuente de vitalidad. De esta manera, se recupera nuestro potencial innato para explorar, asombrarnos, ser creativos y disfrutar de la vida.

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Cuando nuestro niño interior está herido

Cuando las necesidades de dependencia normal que caracterizan a la infancia no son satisfechas, queda en nuestro interior un niño herido que condiciona nuestra vida de adulto.

La persona, aquejada por una vieja pena infantil dice cosas que no son pertinentes, hace cosas que no dan buen resultado, no puede hacer frente a los problemas y soporta terribles sensaciones que no tienen nada que ver con el presente. A veces, nos sorprendemos actuando de una manera muy infantil sin poder detener nuestra conducta inadecuada. Arranques de ira, reacciones exageradas, problemas conyugales, aducciones, paternidad inadecuada y relaciones dolorosas son expresiones, en algunos casos, de necesidades infantiles insatisfechas.

Todo niño necesita ser amado incondicionalmente, por lo menos, al principio de su vida. Si no puede verse reflejado en sus padres, el pequeño no tendrá la manera de saber quién es él. Todos hemos sido un “nosotros” antes de ser “yo”. En ese período de la vida necesitábamos saber cuánto importábamos, qué parte de nuestro ser era aceptada y merecedora de cariño y, también, nos era esencial saber que podíamos depender del cuidado de nuestros padres.

El niño despojado de estas experiencias, posteriormente contaminará al adulto con un insaciable afán de amor y atención. Las demandas de ese niño herido sabotearán sus relaciones de adulto, ya que no importa cuánta atención reciba: nada le será suficiente.

Los niños necesitan a sus padres todo el tiempo por naturaleza, no por elección. Se trata de necesidades de dependencia que deben ser satisfechas.

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El distímico y su entorno familiar

En todos los casos en que se presentan patologías psiquiátricas es fundamental, educar al paciente y a la familia porque es común que el grupo familiar diga: “él siempre fue así” y tomen como “normal” algo que no lo es. Esto significa que se le debe informar al paciente y su familia cuáles son sus síntomas ya que cuanto más se sabe sobre la enfermedad, más alerta se está para poder saber si algo vuelve a aparecer.

Es importante que el médico conozca a la familia del paciente porque no se puede tratar a la persona como algo separado del contexto familiar en el que vive. En las familias en las que hay una persona distímica desde los 15 años, que recién llega a la consulta a los 30, se observa que sus padres y hermanos piensan que su conducta es totalmente normal, porque hay un acostumbramiento y una adaptación por parte del grupo familiar.

Un buen consejo para los padres es el siguiente: el mejor camino a seguir ante situaciones que no son claras en lo hijos es buscar la consulta con el pediatra y no empezar a hacer hipótesis sobre lo que le sucede a un niño. De esta forma, se pueden aclarar todas las dudas sin crear falsas creencias sobre temas que no se tienen conocimiento. Con respecto a la distimia es importante que la gente sepa que es un trastorno afectivo, que no es ningún “fantasma” ni es grave porque se trata y se puede revertir.

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¿Qué sucede si la distimia no es tratada?

Uno de los mayores problemas que se pueden presentar en una persona que padece distimia y no es tratada, es que se sumen otras patologías -sucede en el 65 por ciento de los casos- como ser una depresión mayor, trastornos de personalidad, trastornos por ansiedad como, por ejemplo, ataques de pánico o fobia social. Esto significa que si la distimia no se diagnostica pueden empezar a sumarse otros problemas que se tengan que tratar en conjunto.

Desde este punto de vista se podría decir que si una persona no es tratada a tiempo puede empeorar porque a su distimia se le van sumando otros problemas, si bien esto es cierto no significa que sea el fin del mundo, ya que se puede tratar y curar. En líneas generales, se puede asegurar que hay mayores posibilidades de que se sumen otras patologías a un paciente que está fuera de tratamiento que al que se está tratando porque en éste último caso el profesional puede actuar de inmediato evitando un nuevo problema en su paciente.

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Tratamiento contra la distimia

Al hablar de la distimia como de un trastorno crónico, puede pensarse que es casi o totalmente incurable. No es así. Existen medicamentos eficaces para corregir ese desequilibrio y el 80 por ciento de los casos de distimia se llegan a resolver con tratamientos que duran un promedio de 4 a 5 años.

Una vez que el diagnóstico está listo, el paciente debe seguir un tratamiento que tiene 2 pilares fundamentales:

• El farmacológico:
El mejor pronóstico con esta terapia lo tienen las distimias primarias de inicio precoz, donde la carga familiar de trastorno afectivo es importante y las características del cuadro clínico son las propias de esta enfermedad, a diferencia de otros tipos de distimias en las que lo que prevalece son los trastornos de personalidad o trastornos por abuso de sustancias en donde es más difícil hacer el diagnóstico y el tratamiento.

La medicación que se utiliza, en este tratamiento, debe ser elegida con mucho criterio por parte del médico, ya que todos los antidepresivos presentan efectos adversos. Por lo tanto, como el profesional sabe que el tratamiento va a ser largo, debe indicar una medicación con un perfil de efectos adversos bajos y que sea lo menos tóxica posible. Ahora bien, a la hora de medicar el psiquiatra también debe tener en cuenta que, por ejemplo, si un paciente además de ser distímico es ansioso, el antidepresivo que se utilice será diferente que si el paciente no presenta ese otro trastorno. La misma diferencia es válida para el caso de una persona que además de ser distímico tiene problemas de tiroides o de corazón; en este caso habrá medicamentos contraindicados y el médico tendrá que optar por otros.

• La psicoterapéutica:
Es el trabajo terapéutico a través de la palabra.
Cuando el médico comprueba que el paciente mejora, a medida que el tratamiento avanza, se puede reducir la medicación de acuerdo a esquemas pautados con anterioridad. En algunos casos decae y en otros se ve una gran recuperación. Esta comprobado que los resultados del tratamiento son buenos, pero su duración y evolución siempre dependen de cada persona en particular.

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¿Cuándo una persona es distímica?

A la hora de hacer un diagnóstico de distimia existen una gran cantidad de variables para despejar y analizar.
Se podría decir que no existe un sólo método válido para lograrlo, pero, en líneas generales, se siguen métodos que se complementan:

- Se realiza una exhaustiva historia clínica a través de un interrogatorio al paciente y a alguna persona del grupo familiar. Escuchar al paciente es fundamental para comprender qué es lo que le está sucediendo.

- Hasta el momento, no existe un examen complementario, algo que diagnostique la presencia de este trastorno afectivo en particular. No hay un tiempo estipulado en el que un profesional deba llegar al diagnóstico ya que depende de cada caso en particular: a veces, en una o dos entrevistas se puede saber qué es lo que le ocurre al individuo y, en otros casos, hay que seguir investigando.

Además, se tiene que comprender que tanto en psicología como en psiquiatría “uno más uno nunca es dos” ya que el diagnóstico lleva más tiempo que en otras especialidades en las que con una radiografía o un análisis de sangre u orina, ya se puede evaluar con precisión la enfermedad del paciente.

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Los síntomas más comunes de un distímico

Los síntomas más frecuentes son:

• Letargo

• Cansancio

• Trastornos en el peso

• Malestares indefinidos

• Tristeza o melancolía crónica

• Bajo nivel de tolerancia a la frustración

• Baja autoestima

• Pobre concentración o dificultad para tomar decisiones

• Fobias

• Aislamiento social

• Incapacidad para disfrutar de hechos gratificantes

• Irritabilidad o enojo permanente

• Poco apetito o hiperfagia (apetito excesivo)

• Problemas gastrointestinales

• Hipersomnia (excesivas ganas de dormir) o insomnio

• Abuso de alcohol

• Fracasos laborales y sociales

• Falta de energía

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Perfil de una persona distímica

Existen dos tipos de distimias bien diferenciadas. La primaria y la secundaria. Veamos en qué se distingue una de otra:

Primaria:
Se presenta cuando no es producto de una enfermedad orgánica. Dentro de este tipo de distimia puede distinguirse:

• La de inicio precoz que empieza en la niñez o adolescencia.
• La de inicio tardío que se presenta después de los 21 años y es menos frecuente que la de inicio precoz.

Secundaria:
Nos referimos a ella cuando se presenta como consecuencia de un problema orgánico. En estos casos, siempre se trata primero el problema orgánico y recién después se evalúa si esa persona necesita un tratamiento psiquiátrico.

El distímico es la persona que dice: “siempre estuve mal, no tengo deseos de hacer nada“. Por eso, uno de los síntomas más notorios es la “anhedonia”, término que significa “falta de ganas”, pero hay que aclarar que el distímico es un individuo que no manifiesta mayores problemas en el área laboral ni social. Es más, puede seguir con el curso normal de su vida, pero tiene la sensación de que todo lo que hace le cuesta mucho y que si no se sintiera así podría hacer las cosas mejor y sin tanto esfuerzo.

En los niños y adolescentes, los síntomas son diferentes, ya que no están relacionados con la falta de ganas y el deterioro en el aspecto laboral y social, sino que se puede empezar a pensar en distimia infantil cuando se observa una irritabilidad y hostilidad en forma casi ininterrumpida a lo largo de todo un año. Esto, por supuesto, no significa que todo niño que está irritable u hostil es distímico, pero, por otro lado, muchas veces no se le presta la debida atención a esta conducta porque es considerada por los padres y los maestros como una típica conducta, de esa etapa de la vida. Lo más aconsejable es que si los padres desean consultar por la conducta de su hijo, deben comenzar por hablar con el pediatra para que evalúe si el niño tiene algún problema orgánico que pueda estar provocando esas reacciones. Una vez que el médico descarta la posibilidad de una enfermedad orgánica, debe hacer una adecuada derivación a un psiquiatra infantil para que analice e investigue cuál es la razón de esa conducta y pueda llegar a un diagnóstico adecuado.

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Distimia: la enfermedad del desgano

La distimia es un trastorno afectivo y se la define como un problema crónico y fluctuante que presenta síntomas depresivos de bajo grado. La diferencia que existe entre la depresión mayor y la distimia, no se centra tanto en la sintomatología que se presenta en uno y otro caso -que puede ser similar- sino en la severidad, la intensidad y la duración de los síntomas. En la distimia los síntomas son menos severos e intensos, pero la duración es mucho mayor porque la enfermedad es crónica.

Además, se puede decir que en la depresión mayor el inicio es agudo; en cambio, el paciente distímico lleva su problema afectivo a lo largo de toda su vida. Tampoco hay un comienzo claro; es más, esta afección puede empezar tanto en la infancia como en la adolescencia y en el adulto joven. Respecto de las edades en las que aparece más frecuentemente, se ha descubierto que en la infancia es entre los 6 y los 13 años, en el adulto, entre los 18 y los 45 y, a partir de los 65 años decae la curva de incidencia.

En cuanto a la proporción de personas distímicas entre ambos sexos se puede decir que:

en la infancia aparece con igual frecuencia entre niños y niñas.

en el adulto joven, se da más en la mujer que en el hombre en una relación de 5 a 1.

después de los 65 años se vuelve a igualar la proporción entre ambos sexos.

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