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Todo esto hace que sea primordial buscar el calzado que mejor se ajusta a las necesidades del niño en cada etapa de su vida, labor que hay que abordar teniendo en cuenta el proceso de crecimiento y el consecuente desarrollo del pie.
Los fabricantes y las recomendaciones de los profesionales médicos y de la Ortopedia han marcado tradicionalmente las pautas del diseño del calzado infantil. La aportación de estudios biomecánicos en este campo ha sido escasa hasta la fecha, a pesar de ser muchas las alteraciones y patologías de los pies como consecuencia de llevar un calzado inadecuado.
No pocas madres recordarán aquel calzado ortopédico que, así se aseguraba, servía de soporte al pie del niño y corregía algunas deformidades al tiempo que prevenía otras. Se trataba un calzado hecho a medida para acomodar pies deformes, y en el que se colocaban elementos como los soportes del arco plantar, los contrafuertes y los conocidos “tacones de Thomas”, o elementos similares, que constituían una auténtica tortura para el pequeño.
Sin embargo, ahora se considera que un pie sin problemas, más que un calzado especial, necesita uno fisiológico que se limite a favorecer el normal crecimiento del pie. Lo que hoy se entiende por “calzado correctivo“, llamado incorrectamente “ortopédico”, es sólo aquel que incluye una serie de modificaciones en un zapato cualquiera con el objetivo de sostener el pie en una posición determinada para corregir deformidades funcionales o aliviar síntomas dolorosos.
El calzado infantil ha de adaptarse a las necesidades del niño, y no ser una mera réplica reducida del de los adultos; debe estar diseñado de acuerdo a las diferentes actividades que desarrolle para evitar que aparezcan las patologías propias del pie.
A la hora de acometer algo tan fundamental como la elección de un calzado que se ajuste adecuadamente, hay que tener en cuenta dos inconvenientes. En primer lugar, los pequeños rara vez se quejan porque el calzado les oprima; cuando esto ocurre, su forma de protestar es descalzarse insistentemente. Por otro lado, el niño quiere los zapatos que le entran por los ojos; prefiere un color llamativo antes que la comodidad, y no atiende a las rozaduras que le puedan producir en los dedos.









