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Consejos para cuidar de nuestro niño interior


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Para impedir que nuestro niño interior herido perjudique nuestra vida de adulto, es necesario ponernos en contacto con él para atender sus necesidades insatisfechas, para protegerlo y cuidarlo, convirtiéndonos en sus propios padres. Para ello tenemos que establecer un diálogo interno que puede ser facilitado, en un principio, mediante un ejercicio de meditación, que nos permitirá, en un estado de relajación profunda, tener un acceso fácil y fluido para conocerlo y ocuparnos, entonces, de restaurar sus heridas. De qué manera hacerlo, el mismo niño nos lo dirá. Tal vez, nos encontremos con un niño temeroso al que deberemos tranquilizar diciéndole que no lo expondremos a situaciones que lo dañen.

Como adultos, pensaremos de qué manera en nuestra vida cotidiana podremos resguardarlo del dolor. Si es un niño que teme ser estafado en sus afectos, ignorado, saqueado, le aseguraremos que lo vamos a cuidar, que sólo vamos a estar en contacto con gente que no lo dañe, que nos vamos a apartar de la gente agresiva, dañina; que se tranquilice, que los malos tratos ya pasaron.

Recordarle a las personas que en la actualidad nos aman, nos cuidan y nos respetan, y prometerle no exponerlo nuevamente al maltrato y defenderlo si esto se produce.

Si es un niño que sufre por soledad, le diremos que seremos más sociables, más comunicativos, compartiendo los buenos y malos momentos, y que no nos quedaremos solos en nuestra vida de adultos, con todas nuestras responsabilidades y preocupaciones.

Una vez que las personas han recuperado y cuidado al niño herido, la natural energía de este chico maravilloso comienza a surgir.

El niño interior ya está restaurado y se convierte en una fuente de vitalidad. De esta manera, se recupera nuestro potencial innato para explorar, asombrarnos, ser creativos y disfrutar de la vida.

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Cuando nuestro niño interior está herido


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Cuando las necesidades de dependencia normal que caracterizan a la infancia no son satisfechas, queda en nuestro interior un niño herido que condiciona nuestra vida de adulto.

La persona, aquejada por una vieja pena infantil dice cosas que no son pertinentes, hace cosas que no dan buen resultado, no puede hacer frente a los problemas y soporta terribles sensaciones que no tienen nada que ver con el presente. A veces, nos sorprendemos actuando de una manera muy infantil sin poder detener nuestra conducta inadecuada. Arranques de ira, reacciones exageradas, problemas conyugales, aducciones, paternidad inadecuada y relaciones dolorosas son expresiones, en algunos casos, de necesidades infantiles insatisfechas.

Todo niño necesita ser amado incondicionalmente, por lo menos, al principio de su vida. Si no puede verse reflejado en sus padres, el pequeño no tendrá la manera de saber quién es él. Todos hemos sido un “nosotros” antes de ser “yo”. En ese período de la vida necesitábamos saber cuánto importábamos, qué parte de nuestro ser era aceptada y merecedora de cariño y, también, nos era esencial saber que podíamos depender del cuidado de nuestros padres.

El niño despojado de estas experiencias, posteriormente contaminará al adulto con un insaciable afán de amor y atención. Las demandas de ese niño herido sabotearán sus relaciones de adulto, ya que no importa cuánta atención reciba: nada le será suficiente.

Los niños necesitan a sus padres todo el tiempo por naturaleza, no por elección. Se trata de necesidades de dependencia que deben ser satisfechas.

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Distimia: la enfermedad del desgano

La distimia es un trastorno afectivo y se la define como un problema crónico y fluctuante que presenta síntomas depresivos de bajo grado. La diferencia que existe entre la depresión mayor y la distimia, no se centra tanto en la sintomatología que se presenta en uno y otro caso -que puede ser similar- sino en la severidad, la intensidad y la duración de los síntomas. En la distimia los síntomas son menos severos e intensos, pero la duración es mucho mayor porque la enfermedad es crónica.

Además, se puede decir que en la depresión mayor el inicio es agudo; en cambio, el paciente distímico lleva su problema afectivo a lo largo de toda su vida. Tampoco hay un comienzo claro; es más, esta afección puede empezar tanto en la infancia como en la adolescencia y en el adulto joven. Respecto de las edades en las que aparece más frecuentemente, se ha descubierto que en la infancia es entre los 6 y los 13 años, en el adulto, entre los 18 y los 45 y, a partir de los 65 años decae la curva de incidencia.

En cuanto a la proporción de personas distímicas entre ambos sexos se puede decir que:

en la infancia aparece con igual frecuencia entre niños y niñas.

en el adulto joven, se da más en la mujer que en el hombre en una relación de 5 a 1.

después de los 65 años se vuelve a igualar la proporción entre ambos sexos.

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Depresión y cardiopatías

Pareciera existir una estrecha relación entre ambas enfermedades. Un grupo de investigadores ha efectuado una serie de estudios que indican a la depresión como un factor contribuyente para que se desarrollen problemas cardiovasculares.

El amplio análisis epidemiológico realizado en la ciudad de Golstrup, en Copenhague, incluyó a 409 hombres y 321 mujeres y abarcó más de treinta años. Ya en 1964 se realizaron pruebas físicas y psicológicas a estos individuos, y se volvieron a repetir diez años más tarde. En la encuesta adjunta al estudio se incluyó un cuestionario utilizado para diagnosticar la depresión. Décadas después, 290 personas habían muerto y 122 ya habían sufrido algún ataque cardíaco.

Cuando los individuos se dividieron en grupos según sus grados de depresión, emergió la correlación: cuanto más alta era la depresión, mayor era el riesgo de padecer un ataque cardíaco. Además, una depresión elevada se asoció con un aumento del 59 por ciento en el riesgo de muerte y un 71 por ciento más probabilidades de sufrir un ataque cardíaco.

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Angustia, depresión, ansiedad y pánico

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La angustia es la base. De pérdida, de abandono, o existencial. Sobre esto después pueden aparecer depresiones, somatizaciones, psicosis u otro tipo de manifestaciones. La ansiedad, de todos modos, aparece ligada a algo más concreto.

Es la inquietud por calmar rápidamente esa angustia. Entonces se siente la necesidad de una copa de alcohol, o salir con cualquiera, o lo que sea. Uno se pone ansioso porque no tolera ese pasaje del que ya hablamos. La depresión es un síntoma ligado especialmente a la sensación de pérdida. Ahí la inquietud me ha vencido.

La ansiedad estaría entonces más relacionada con lo masculino y la depresión con lo femenino. Aunque también hay depresiones ansiosas, donde se juntan ambos extremos. Y ahí se entra en un círculo vicioso, donde es muy difícil conectarse con eso que llamo la angustia existencial, el motor que me puede permitir salir. Ya no busco: el yo me devoró.

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Personalidad vulnerable a la angustia

los tipos de personalidad y los vulnerables a la angustia

Sobretodo las personalidades rígidas son mucho más vulnerables. Porque están mucho más determinadas por el sistema de carácter o el sistema vincular.

Apenas alguno de esos sistemas sufre un cambio, una operación, una mudanza, una separación, esa angustia encuentra a esas personas muy vulnerables porque están acostumbradas a lo seguro.

¿Qué otra característica de personalidad hace vulnerable a alguien?

El polo opuesto. Aquellos que dependen mucho de lo externo, de la sobreprotección, la dependencia extrema, los que construyen el carácter a partir del vínculo con los otros.

Entonces, apenas ese vínculo se ve amenazado se evidencia la vulnerabilidad. Puede ser el vínculo con los demás o incluso el vínculo con uno mismo. Eso es porque se depende mucho de la forma de ser del otro o del sistema que me rodea. En cambio, nos hace muy fuertes que esa dependencia no sea del otro ni de un sistema que me determina, sino que se haga compartida.

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La angustia se arregla si soluciono la causa?

No, eso es una fantasía del paciente. Y la fantasía de la sociedad: si hago tal cosa, si voto a fulano, me voy a calmar. Si compro esto, me voy a calmar. Si le digo que sí a mi jefe, a mi mujer, a mi papá, si digo sí al deber ser, me voy o calmar.

Por supuesto, lo mismo pasará si tomo tal pastilla o como lo que lo televisión me dice. Eso calma, pero no resuelve el tema. Y vivimos “calmándonos” porque no resolvemos lo angustia existencial de ser uno con los demás. Vivimos separándonos unos de otros.

La inquietud de que la vida no es una propiedad del yo, sino que circula, fluye. La muerte y la vida están juntas. Vivimos y transitamos. Salimos de un caos y pasamos a un orden, salimos de la locura y pasamos a la cordura, eso es la vida. Y esta vida es tolerable cuando realmente nos unimos. Porque ese es el sentido de la vida: realizarme con los otros.

Pero estamos siempre exaltando al yo, los privilegios, el poder, yo contra el otro. Esta inquietud de la vida se resuelve cuando el yo afloja, y empieza a darse cuenta que ya no es “me tiene que calmar, doctor”, o “yo tengo que calmar a otro”, sino que nos tenemos que calmar entre todos.

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Cómo vive la angustia la mujer y el hombre

Hoy en día la diferencia es menor, quizás a partir de los años en que el movimiento de liberación de la mujer se fue haciendo fuerte. El hecho de que la mujer haya empezado a ocupar lugares que antes eran reservados solo a los hombres, y también que el hombre empiece a ocupar lugares antes solamente reservados a la mujer, ha hecho que la angustia pueda verse en términos femenino o masculino pero no tanto “hombre” o “mujer”.

De todas maneras, es cierto, se ve que por ejemplo el ataque de pánico es más frecuente en la mujer, como también lo muestran muchos trabajos de investigación. Esto tiene que ver con la estructura de la personalidad femenina porque está más ligado a la pérdida de control. La mujer es la que recibe y controla. Cuando siente que algo la desborda, que no puede contener, surge el problema.

Hoy en día la mujer ya no contiene como antes. Ahora se contiene mucho más dentro del vínculo, antes la mujer era quien contenía al hombre. Hoy, los jóvenes tienen una relación más pareja. Entonces, al no haber tanta contención femenina, por supuesto hay mucho más desborde.

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El estrés y su conexión con la angustia

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La angustia comienza a generar sensaciones de estrés porque nos lleva a querer calmarla de cualquier manera: alcohol, drogas, en fin, lo que se quiere es taparla. A veces a cualquier precio. Buscando una pareja, por ejemplo; y no es una pareja, es un elemento consolador nada más. Así es como nos domina el sistema, ya sea desde afuera, de pareja, el propio sistema de carácter…

El estrés está también relacionado con un sistema unificado corporal, tiene que ver con lo inmunológico. Lo emocional, lo psíquico de la angustia se traslado a lo inmunológico.

El estrés es un síndrome de sobreadaptación, el organismo intenta adaptarse y segrega una serie de hormonas y sustancias que permiten que ese sistema se defienda. Pero qué pasa: cuando la angustia es muy grande, se exageran algunas de esas segregaciones de hormonas. Esa exageración de la tendencia a adaptarse es lo que se conoce como estrés, que luego tiene distintas expresiones, desde insomnio hasta enfermedades graves, tiene infinitas formas de expresión.

Sería una manera de expresar la angustia a través del cuerpo, como a través del carácter. 0 a través de vínculos, pareja, familia, a través de las instituciones, a través de lo social… La angustia es algo que impregna la vida humana.

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El miedo y los ataques de pánico

Al no poder controlar la angustia. Hay dos grandes motivos de pánico: o a la muerte, o a la locura. Son dos cosas que no se pueden controlar. O “Doctor, me estoy volviendo loco”, o “Me muero, doctor…”. Y a esos dos angustias hay que convertirlas en existenciales. Si queda en una angustia personal, del ego, se hace intolerable. Pero en realidad, la muerte está en lo condición humana.
Si compartimos el caos y la locura, no hay por qué angustiarse. Al contrario: si nos unimos, puede haber paz en medio del caos.

Con el miedo se maneja. Cualquier sistema se maneja por el miedo: el social, el familiar, el sistema de pareja. Nuestro propio sistema de carácter. Cuando uno supera el miedo, esa angustia de pérdida o de abandono ligada al yo, se convierte en una angustia que nos convoca.
La angustia frente a la totalidad, frente a Dios, al desamparo, es algo que todos compartimos. La muerte nos convoca a todos, y no tiene por qué angustiamos, no tiene por qué domos miedo. Cuando el yo está paralizado y sometido, el miedo domina.

Hay que transformar el yo en nosotros. La angustia del yo en nuestra angustia. Para que no nos paralice. Para que nos permita, con el otro, superarnos. Con mi pareja supero la crisis de pareja, con la familia supero la crisis de familia. Con mi pasado, con mis problemas, con mis fantasías, me autosupero.

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