
Hacia el año 5000 a. de C, el ajo era utilizado como condimento y también con fines medicinales en Egipto, a donde fue importado desde el Asia Central, su tierra de origen. Su empleo en aquellas regiones se remonta a tiempos inmemoriales, aunque las primeras recetas curativas que lo incluyen en su composición, concretamente veintidós, aparecen en el papiro egipcio de Ebbers, que data del año 1.550 a. de C.
Desde Egipto, el ajo fue llevado a Grecia y Roma, donde se le atribuyeron virtudes fortalecedoras, hasta el punto de que los atletas que participaban en los Juegos Olímpicos solían tomar un diente antes de cada prueba.
También por aquel entonces hubo quien se quejó de su intenso aroma. De este modo, el poeta Horacio se lamentaba del olor que desprenden la piel y el aliento después de haberlo comido. Por el mismo motivo los dioses lo despreciaron y prohibieron la entrada al templo a los comedores de ajos. Los griegos le dieron el nombre de “ophioscorodon”, cuyo significado es “rosa podrida” o “picante”. Ello no fue obstáculo, sin embargo, para que el célebre Dioscorides destacara las virtudes medicinales de este bulbo, que no son pocas: Expele las lombrices del vientre, provoca la orina, clarifica la voz, ablanda la tos, mata las liendres y los piojos y provoca el menstruo.
En el pueblo romano, el ajo alcanzó una enorme popularidad y formó parte de un gran número de recetas para tratar las más diversas enfermedades. El famoso médico Celso lo empleó en el tratamiento de las fiebres intermitentes, y el poeta Marcial elogió sus virtudes afrodisíacas.
Seguramente fue también muy apreciado por el pueblo judío, puesto que en la Biblia se nos recuerda que, en su huida de Egipto, lamentaba la pérdida de los puerros, las cebollas y los ajos que allí se comían.
Durante la baja Edad Media se consideró al ajo como un eficaz remedio contra la peste, debido a sus propiedades desinfectantes, rio iban desencaminados, pues, en efecto, como hoy ha quedado ampliamente demostrado, este popular bulbo comestible destaca por sus acción bactericida.
