El perfil de un yoguin

Cuando nos referimos a un Yoguin (o yogui: aquel que sigue el sendero del Yoga) a veces lo identificamos con un “santón” vestido de blanco, viviendo aislado del mundo, tal vez internado en los montes del Hi-malaya, sumergido en su propio mundo para aislarse de la civilización a la que rechaza por convicción. Esta es la descripción de un monje que optó por la vida ascética, pero esto se observa también en todas las religiones.
Muy distinto es el caso de aquel que busca su realización pero sin apartarse de la vida mundana. En cierta forma el Yoga nos sumerge en nuestra realidad interior (no hay escapatoria) pero con el fin de comprender la realidad del Hombre universal, partiendo de uno mismo para abrirse luego a los demás. El verdadero Yoguin está permanentemente conectado con el mundo circundante comprendiendo desde el amor, prestando servicio para aliviar el dolor ajeno; el objeto de su vida es esparcir la misma semilla que él alguna vez recibió; tendiendo una mano al que lo necesite con sabiduría y amor.
El Yoguin “es un cisne inmaculado que camina por el lodo sin manchar su inmaculado plumaje”. Es un peregrino que anda por el mundo sin apegarse a lo que hace; está liberado de ataduras pero no por eso deja de sentir amor en su corazón. Ama con desapego, sin el deseo de posesión del objeto amado. Es un ser puro y ético por sobre todo. Practica continuamente la purificación interna y externa, porque comprende que esa es la manera de mantener su mente establecida y serena. Cuando el Yoguin medita pareciera que está en una actitud pasiva. Eso es erróneo, él está en plena actividad, trabajando sobre sí mismo: diariamente, gota a gota, va horadando la piedra hasta obtener el pulido diamante, y esto es gracias a la meditación.
No es insensible al dolor ni tampoco a la alegría; no está anestesiado, simplemente no se deja arrastrar como una hoja por los estados emocionales. Su alegría interior es muy superior y permanente pues reside en la entrega, en cada peldaño que recorre y no está sujeto al resultado que obtenga (logros o fracasos), su objetivo es el sendero mismo.
No rechaza ni condena, no vive esclavo de los deseos sensoriales; busca continuamente el equilibrio y no los extremos, camina por el medio y si se desvía un poco no lo lamenta ni se culpa, aprovecha esa experiencia para comprender, para estar más alerta y no caer nuevamente en el error.
El Yoguin no vive al vaivén de su mente instintiva; a través de la práctica va limpiando su subconsciente trayéndolo a la conciencia, domina la mente inferior para abordar la mente superior, donde reside el conocimiento puro, el discernimiento, esa voz interior que no todos podemos escuchar cuando está tapada por el ruido interno.
La personalidad (o sea el personaje que elegimos para actuar) contribuye mucho a ese ruido. El ego es el gran enemigo que nos distrae, y no nos permite el crecimiento. El Yoguin tiene profunda fe: en sí mismo, en Dios, o en la Madre Naturaleza, fe en la Energía Cósmica que mueve al Universo, fe en todos los seres, hasta en el más insignificante, fe en lo que hace o en el futuro, pero profesa la fe con convicción. Esa inquebrantable fe hace que nunca se sienta solo, se siente íntimamente ligado al Absoluto, al que accede a través de sus meditaciones y sabe cuál es su misión por la que vino al mundo.
Este Yoguin no es de otra época ni de otra galaxia. Cualquiera puede ser un Yoguin si se lo propone, sin abandonar la vida que llevamos; es cuestión de ir modificando algunos malos hábitos y actitudes y ponernos en “positivo”. Hay que estar más alerta en nuestras transgresiones, saber perdonar los errores, sin condenar, pero sí exigiéndose una constante superación.


